Ámsterdam tiene una larga tradición en licores que se remonta al siglo XVI, cuando el genever era la bebida por excelencia. Las especias exóticas del comercio internacional influyeron significativamente en los destilados holandeses.
Durante la Prohibición, Ámsterdam se convirtió en un refugio para la experimentación con cócteles, con bares clandestinos que ofrecían creaciones innovadoras a viajeros y locales. Tras la Segunda Guerra Mundial, la cultura de los cócteles decayó, pero desde los años 2000 ha experimentado un renacimiento, con un enfoque renovado en la mixología y la artesanía. Este resurgimiento, impulsado por destilerías locales y tendencias globales, ha posicionado a Ámsterdam como una de las grandes ciudades del cóctel en el mundo.